La Clave, el Teatro Invisible y el Grupo Portada

He querido dejarte un par de semanas para digerir mis últimas líneas. Treinta años es un hito pero no deja de ser una etapa más de una vida en la que, creo, he tocado casi todos los instrumentos de la orquesta, ninguno bien seguro, pero que me quiten “lo bailao”.

Sin embargo, en estas últimas semanas tengo una sensación angustiosa, que no hay pastilla que la cure, ni pasión que distraiga mi mal humor. Creo que como periodista estoy perdiendo mi objetividad. ¿Qué diantres pasa en este país? ¿Cómo es posible que durante 4 meses –tú en ese tiempo rodabas como poco dos películas– los denominados políticos solo hayan demostrado egoísmo, malos modos, corrupción, teatrillo barato, ignorancia y falta de respeto, no solo a sus electores, sino también, a ellos mismos?

¿Es razonable que 350 individuos –diputados tengan la cachazuda actitud de pelearse públicamente por donde se sientan, dar la teta en el hemiciclo, morrearse, insultarse, subastarse los escaños, jugar al trilelero entre ellos, ignorarse los unos a los otros, y los ciudadanos a vivir las broncas a través de la prensa, radio, televisión y redes? Perdona, Buster, otro día te explico lo de las redes. Es como la ciudad sin ley, pero a lo bestia.

Sería importante que alguien les explicara que han demostrado que no son nadie, tan solo los delegados de millones de españoles, con sentimientos, de todo tipo, depositados en unas urnas y que nos deben respetar. Pues no. Siguen igual y además cobrando.

El otro día leí unas declaraciones de José Luis Balbín, que fue el creador de un género televisivo único es su época. Un debate que bajo el título de “La Clave” se emitió desde 1976 a diciembre del 1985 y gracias a este programa los ciudadanos conocieron a los líderes políticos de la Transición. Disfrutamos de unos coloquios, moderados con un alto nivel intelectual o tan solo culto pero que siempre derivaban a diferentes controversias pero sin agredir, insultar o despreciar al oponente.

Pues de “La Clave” hemos llegado hoy al circo “catódico” de gladiadores del gesto y el maniqueo. Pero lo más grave es que, de este espectáculo, han nacido muchos de los protagonistas de una estafa nacional perpetrada durante cuatro meses y los que vendrán.

Buster, amigo, quiero transcribir una frase a raíz de la importancia de respetar al contertulio acuñado Balbín. Es el negativo de una fotografía que jamás volveremos a ver en una televisión o escuchar en una radio… “Y al parecer, el intercambio de opiniones, el dialogo sosegado siempre enriquecedor y el respeto entre los contertulios no interesa hoy a los directivos de las televisiones”. Balbín dixit.

Este periodista, otrora con su pipa en ristre, Premio Nacional de Televisión, reconoce que le han echado de todas las partes, de TVE al prohibirle un debate sobre OTAN sí o OTAN no, pero no se arrepiente de ello y, ¿sabes por qué Buster?, nos lo dice este asturiano laureado, “es lo que ocurre cuando como periodista no te posicionas políticamente. Eres sospechoso para unos u otros, pero ya te digo, ni me arrepiento ni le guardo rencor a nadie”…

Por alguna razón, que ignoro, guardo en mis recuerdos la pipa que Balbín manejaba con enorme soltura, una especie de rítmica batuta ha traído a mi memoria la figura de Juan Manuel Soriano, una de las mejores voces que iluminó los micrófonos de Radio Nacional de España. Oírle recitar durante alguna tertulia nocturna con unos pocos amigos era una delicia. Pero el genio de la radio de voz inconmensurable, fumaba y en pipa.

Tal era su pasión que durante mis permanencias profesionales en Estados Unidos, siempre debía visitar periódicamente la Wilke Pipe Shop, en el 400 de la Madison Avenue para que no le faltara sus Jackson Mixture o Best Make.

Buster, no te rías puñetero porque la tienda es de tu tiempo, se estableció en 1872. Y además, yo no he fumado nunca, solo quería complacer al amigo.

Pero he recordado a Soriano con enorme respeto y cariño, porque fue él quien creó e impulsó en RNE el programa “Teatro invisible”. Gracias a Soriano nuestros mayores y casi mi generación podíamos saborear lo mejor de nuestros clásicos con un cuadro de voces inigualable.

Sin duda la sociedad ha evolucionado hasta limites insospechados, mi regreso a España fue acompañado por un asombroso fax Canon y de ahí, al infinito, pero doy gracias a Dios por conseguir que un excelente colectivo de periodistas barceloneses, amigos entrañables, formaran un singular y ya único Grupo Portada. Queríamos tertulias, debates, provocar al político, que venían a Barcelona porque todos sabíamos que, al rozar el amanecer, no importaba los egos únicamente la información.

¿Sabes Buster por qué el Grupo Portada duerme en mis archivos? Porque los políticos de hoy, en su mayoría, aburren. No faltan buenos periodistas, sobran frikis, iluminados, resentidos, tediosos y vendedores de humo.

Quizás esta sensación angustiosa la sufro debido a mi añoranza por tiempos pasados cuando ser periodista era prestigioso, relevante no eras tan culto como un escritor o académico –permíteme la ironía– pero no tanto como para que Tom Wolf acuñara la frase “No le digas a mi madre que soy periodista, dile que soy pianista en un burdel”.